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domingo, 9 de mayo de 2010

OBJETIVO: FRANCO - TERCERA PARTE

UN MILITAR ENTRE ANARQUISTAS

El capitán de intendencia José Pardo de Andrade y Fariña estaba destinado en Madrid al inicio de la Guerra Civil. En un principio, conocida su ideología conservadora, fue detenido por milicianos de la CNT anarquista bajo la acusación de apoyo a la sublevación.

Sin embargo, de forma sorprendente, Pardo de Andrade fue absuelto y puesto en libertad. El militar consiguió entonces salir de Madrid y tras cruzar las líneas, llegó a la zona nacional para unirse al ejército de Franco. Durante la guerra ocupó varios cargos y fue ascendido a coronel. Sin embargo, por aplicación de la Ley de 1 de marzo de 1940, que ordenaba la depuración de los masones, Pardo de Andrade fue apartado del Ejército. Poco tiempo después el coronel, monárquico, liberal y partidario de don Juan de Borbón, entró en contacto con militantes de la CNT.

A pesar de los lógicos recelos que se presencia provocaba en los círculos anarquistas, estos fueron pronto superados por la valiosa colaboración que el militar prestó a la organización, poniendo en contacto a los conspiradores que planeaban atentar contra Franco con personas muy cercanas al régimen. En este sentido, en el libro de Eliseo Bayo “Los atentados contra Franco” se llega a afirmar que dos generales, de los que no da nombres, acudían a reuniones clandestinas en la Casa de Campo de Madrid, apoyando secretamente las acciones que pudieran emprenderse contra el régimen, aunque nunca fueran informados de las pretensiones de atentar contra Franco.

El coronel Pardo de Andrade consiguió mantener oculta durante años su actividad conspiradora. Sin embargo, en 1954 es detenido y procesado en la causa 2751 junto a varios destacados cenetistas. Fue condenado a cinco años de prisión.

INTERVENCIÓN DE ETA

En 1961 se había producido una explosión que había destrozado la línea férrea de San Sebastián a Bilbao. Con ella se pretendió volar un tren cargado de falangistas que acudían a una concentración. Este espectacular atentado fue la carta de presentación de ETA como una nueva organización radical y nacionalista que pretendía conseguir unos fines políticos mediante la lucha armada. Los explosivos empleados para llevar a cabo la acción fueron suministrados por elementos libertarios que más tarde serían miembros del denominado Submarino, nombre con el que también se conocía Defensa Interior (D.I.), un órgano secreto creado en el congreso de la CNT celebrado del 26 de agosto al 3 de septiembre de 1961 en la ciudad francesa de Limoges, para relanzar la lucha armada contra el régimen. Uno de los objetivos prioritarios del Submarino era asesinar a Franco.

Después del atentado se celebró en Bayona una reunión entre dirigentes de ETA y miembros de Defensa Interior. Estos últimos, impresionados aún por la audacia de su primera operación, ofrecen a ETA su colaboración para continuar la lucha armada suministrándoles armas cortas y explosivos. En esa misma cita también les proponen trabajar juntos para realizar una acción de gran envergadura, atentar contra Franco.

El plan aceptado en esa reunión consistía en minar la carretera que conduce hasta la residencia de Ayate que el dictador ocupaba durante sus vacaciones veraniegas en San Sebastián. ETA se encargaría de transportar el material explosivo por mar desde Bayona, ayudaría al comando de D.I. a moverse por el País Vasco y les ayudaría a escapar una vez cometido el atentado. Todos los preparativos se iniciaron al menos un mes y medio antes de la fecha en que se preveía su llegada a Ayate que solía ser a mediados de agosto.

El problema principal era conocer con exactitud el día y la hora de la llegada de la comitiva oficial. Las medidas de seguridad en torno a Franco incluían no comunicar nunca con antelación sus desplazamientos, por lo que nadie podía saber con certeza cuales iban a ser sus movimientos. Para contrarrestar esa falta de información, un enlace desde Madrid sigue los pasos de Franco y los comunica mediante mensajes de radio cifrados a los planificadores de la operación. Se inicia entonces la cuenta atrás.

ETA entrega los explosivos en San Sebastián al comando de D.I. que cometerá el atentado. Debían actuar con rapidez antes de que se estableciera un cordón de seguridad alrededor de Ayete. Eligen el lugar donde harán estallar la bomba y excavan un pequeño túnel desde la cuneta en el que colocan 25 kilos de explosivo plástico. Un problema añadido eran las pilas necesarias para activar el artefacto que no podían estar más de siete días enterradas, lo que obligaba a colocarlas no más de una semana antes de la llegada de Franco. Debido a esa circunstancia, todo el peso de la operación recayó entonces en la información facilitada por el enlace, que se vio obligado a seguir al general en todos sus desplazamientos por el norte de España para informar con precisión de sus movimientos.

El 7 de agosto Franco preside un Consejo de Ministros en La Coruña. El día 10 se reúne de nuevo con su gabinete en el Pazo de Meirás. Mientras tanto, los miembros del comando, que esperan escondidos en un camping de San Sebastián, empiezan a impacientarse. El 11 de agosto el enlace transmite que el alcalde de La Coruña ofrece un homenaje a Franco, acto que enmarca la despedida oficial que la ciudad da al Caudillo.

Sin embargo, al día siguiente se pierde su pista. El enlace valora la información de la que dispone y toma una decisión. Cree que Franco ha emprendido viaje por carretera hacia San Sebastián y así lo transmite. El comando recibe la noticia y sin esperar confirmación prepara la bomba conectando las pilas. Después se esconden en los alrededores, controlando los movimientos de la guardia y la presumible llegada de la comitiva.

Tras una larga y tensa espera de varios días, el 17 de agosto aparece una hilera de coches oficiales dirigiéndose hacia Ayate. Cuando el comando está a punto de hacer estallar la bomba, descubren que en la comitiva tan sólo viaja la esposa de Franco, Carmen Polo, y en el último momento deciden no detonarla. Por fin, el día 20, el general llega a San Sebastián a bordo del yate Azor y después de una recepción oficial, la caravana se dirige a Ayate a donde llega sin que se produzca ningún contratiempo.



El atentado se frustró a última hora por varios motivos. Las medidas de seguridad en torno a la residencia se habían intensificado y el comando temió ser descubierto por la patrulla de vigilancia que día y noche recorrían el perímetro. Por si fuera poco, habían perdido todo contacto con la dirección del Submarino y el enlace que seguía los movimientos de Franco no les facilitaba ninguna información.

La madrugada del 19 de agosto se desata una discusión entre los miembros del comando. Aunque todo hacía pensar en la llegada inminente del general, la tensión creada por la incertidumbre provoca una división en el grupo. Mientras unos prefieren dejar la bomba preparada a la espera de una mejor ocasión, otros piensan que hay que deshacerse de ella. Al final se impone la segunda opinión y el 21 la hacen estallar en un descampado cerca de la carretera que un San Sebastián con Hernani. La noticia apenas fue recogida por los medios de comunicación españoles, pero la prensa francesa habló de un “fallido atentado contra el jefe del estado español”.

FRACASO DEFINITIVO

El atentado fallido de Ayate fue quizá el último intento serio y bien organizado de magnicidio contra Franco. Planes posteriores, como el de excavar una mina bajo la carretera de La Coruña a la salida de Madrid y volar el coche del Caudillo cuando emprendiese sus vacaciones, o el de hacer estallar una bomba durante la celebración de la final de la entonces llamada Copa del Generalísimo en el palco del Estadio Santiago Bernabéu, no pasaron de tentativas apenas esbozadas tras ser detenidos y desmantelados los grupos que los iban a llevar a cabo.

Eliseo Bayo, en su libro “Los atentados contra Franco” afirma que se produjeron no menos de cuarenta atentados contra el dictador, contando sólo los que se intentaron desde las filas anarquistas. La cifra quizás sea algo exagerada, ya que realmente no llegó a culminarse ninguno de ellos, y sería mejor hablar de intentos fracasados.

La posibilidad de que se produjera un atentado contra Franco era una amenaza real que preocupó seriamente a los servicios de inteligencia del régimen, que dedicaron gran parte de sus esfuerzos a evitarlos. Asimismo, las excepcionales medidas de seguridad en torno a su persona confirman que existía ese terror. Tal vez por eso, Franco siempre mantenía las distancias en los actos públicos a los que acudía y en las concentraciones multitudinarias los congregados sólo podían verlo de lejos, pretendiendo de esa forma poner las cosas más difíciles a todos aquellos dispuestos a cometer el magnicidio.


Como en todas las dictaduras, los rumores sobre posibles enfermedades o la comisión de atentados contra el Caudillo se repetían cíclicamente, lo que demuestra que, a pesar del férreo control que se ejercía sobre los medios de comunicación, existía cierto conocimiento popular. Así, cuando se hizo pública la noticia de que en la Nochebuena de 1961 Franco había sufrido un accidente al reventarle el cañón de su escopeta de caza, hiriéndole gravemente en la mano izquierda, rápidamente se extendió el rumor, comentado siempre en voz baja y a escondidas, que hablaba de la posibilidad de un atentado cometido por personas que tenían acceso al recinto del Pardo. Casi todos los que participaron de alguna forma en los diferentes planes que tenían como objetivo matar a Franco pagaron con sus vidas, o en el mejor de los casos, con largas condenas de prisión, sus pretensiones de cambiar la Historia de España, devolviendo la libertad perdida.

Los que sobrevivieron contemplaron la larga agonía del dictador que terminó muriendo en la cama.

BIBLIOGRAFÍA

- “Los atentados contra Franco” de Eliseo Bayo – Editorial Plaza & Janes

- Documental “Los que quisieron matar a Franco” emitido por las 2 y realizado con la colaboración de TVE, Televisió de Catalunya y el Ministerio de Cultura, dirigido por Pedro Costa y José Ramón Cruz

- “Historia de un atentado aéreo contra el general Franco” de Téllez Sóla

- “Objetivo: matar a Franco” o “La Falange contra el Caudillo” de Armando Romero

- www.forocastellano.org

- www.historiasiglo20.org
AUTOR

Andrés Garrido Galeote

2º. Bachillerato B

OBJETIVO: FRANCO - SEGUNDA PARTE

“A veces los pueblos simulan dormir, pero es el sueño que precede al ataque”


EL DESCONTENTO DE FALANGE

El 19 de abril de 1937 se publica el Decreto de Unificación de fuerzas políticas que supone la integración de las diferentes ideologías y facciones que apoyan la sublevación en un sistema de partido único. En 1939, una vez finalizada la Guerra Civil, el nuevo régimen que nace de ella no convence a un núcleo duro dentro de Falange, el partido fundado por José Antonio Primo de Rivera, que siente traicionados sus ideales nacionalsindicalistas. Un grupo de falangistas descontentos tratan de formar una Falange fuera del partido único y que supondría su entrada en la clandestinidad. Usando el domicilio del coronel Rodríguez Tarduchy como lugar de reunión, se decide constituir una Junta Política que coordinase la actuación de todos los elementos disidentes. Entre los planes de actuación propuestos destaca el asesinato de Serrano Súñer, impulsor del Decreto de Unificación desde su puesto de ministro de Gobernación, y el magnicidio de Franco.

Para matar al jefe del estado se escogió la fecha del 1 de abril de 1941, durante la celebración del Desfile de la Victoria. El plan inicial consistía en hacer estallar una bomba en la tribuna presidida por Franco. Sin embargo, pronto se desestimó porque algunos de los miembros de la Junta lo consideraban un método indiscriminado más propio de anarquistas. Se optó por la posibilidad de disparar directamente contra él. Se mantuvo la fecha del primero de abril, pero se cambió el lugar donde se cometería el atentado, eligiendo el escenario del Teatro Español de Madrid adonde Franco acudiría esa noche a ver un espectáculo. La Junta se reunió una semana antes para pulir los detalles de la operación y votar sobre la conveniencia de realizar el atentado. Durante la misma remanifestaron las serias dudas que albergaban sus miembros para llevar a cabo el plan. Entendieron que los asesinatos de Franco y Serrano Súñer (en la foto de izquierda a derecha: Serrano Súñer, Franco y Mussolini) causarían un efecto contrario al que pretendían, desatando una dura represión dirigida contra ellos. Con cuatro votos negativos y una abstención, el resultado de la votación fue concluyente. Ni uno sólo de los miembros de la Junta estaba a favor de los atentados.

Los que acudían a estas reuniones clandestinas corrían graves riesgos y cualquier soplo podía poner sus vidas en peligro.

Debido a su carácter secreto, nunca había constancia escrita de los que acudían a ellas y de lo que hablaban, por lo que no existen pruebas materiales sobre lo que realmente se trató en esas citas, tan sólo el testimonio oral, más o menos distorsionado, de los que acudieron a ellas.

Más adelante, al principio de la década de los sesenta, Narciso Perales, otro histórico miembro de la Falange y uno de sus disidentes más activos contra el Decreto de Unificación, entró en contacto con relevantes figuras anarquistas buscando puntos de aproximación. Estas relaciones no llegaron a nada positivo pero hubo algunos sectores de Falange que vieron en ellas un intento de conspiración contra la figura de Franco, levantando una serie de rumores infundados que lo único que consiguieron fue poner en alerta a los servicios de seguridad que protegían al Jefe del Estado.

STUART CHRISTIE, EL IDEALISTA ESCOCÉS


El joven escocés Stuart Christie había oído desde niño las historias que contaban parientes y amigos de la familia sobre su participación en la Guerra Civil en el bando republicano, alistados en las filas de las Brigadas Internacionales. Impresionado por el espíritu idealista de aquella época, Christie decide hacerse anarquista siendo apenas un adolescente. Con tan sólo 18 años, impulsado por su ánimo combativo, se ofrece voluntario para una acción antifranquista. En agosto de 1964, recibe instrucciones para cumplir una misión en España. Consistía en entrar en nuestro país desde Francia portando un cinturón cargado de explosivos que llevaría hasta Madrid. Cuando llegase a la capital debía entregárselos a otro contacto de la red junto con una carta que Christie previamente había recogido personalmente en las oficinas de American Express. La operación, organizada por Defensa Interior, tenía como objetivo atentar contra Franco.



Sin embargo, el papel ejercido por el escocés se limitaba al de ser un simple enlace, sin conocer realmente las intenciones del plan.

Después de recoger los explosivos en París, el joven viaja hasta Toulouse y de allí a Perpiñán, desde donde debía intentar cruzar la frontera usando sus propios medios. Christie llega a España haciendo autostop y logra hacerlo sin levantar sospechas, a pesar de que en pleno mes de agosto llevaba puesta una gruesa chaqueta en la que escondía los explosivos. Sin embargo, a las pocas horas de su llegada a Madrid, es detenido por agentes de la tristemente conocida Brigada Político Social mientras se comía un bocadillo en un bar de la Puerta del Sol madrileña, a escasos metros de la entonces Dirección General de Seguridad.

Juzgado y encarcelado, Christie fue condenado a veinte años de prisión, aunque un indulto personal de Franco lo dejó en libertad a mediado de agosto de 1967.

TENTATIVAS ANARQUISTAS

De todas las organizaciones antifranquistas que se propusieron atentar contra el dictador, quizá fueron los anarquistas los más activos y los que lo intentaron más veces. Aunque su nivel organizativo era superior, en la mayoría de los casos la planificación de los mismos tampoco llegó a superar la fase inicial de preparación, convirtiéndose en tentativas producto de iniciativas individuales inspiradas muchas veces por motivos personales. De lo que no cabe duda es de la firme determinación de todos aquellos que lo intentaron.

De esta forma, y según un testimonio recogido en el libro “Los atentados contra Franco”, a los pocos meses de terminada la Guerra Civil, un grupo de anarquistas fuertemente armadas atacaron la comitiva oficial en la que viajaba Franco, disparando contra el coche que creían que ocupaba. Sin embargo, el general viajaba en otro vehículo y durante el tiroteo murió el jefe de la escolta y todos los atacantes.


La figura legendaria del anarquista Domingo Ibars Juanías es el protagonista de uno de los más sorprendentes intentos. Según su propio relato, estuvo a punto de atentar con Franco y Hitler durante la famosa entrevista celebrada entre los dos dictadores en Hendaya. La ocasión se presentó de forma casual. Ibars viajaba en tren junto a un compañero desde Francia para infiltrarse en España cuando el convoy se detuvo en la estación donde iba a tener lugar el encuentro. Ibars no se lo pensó dos veces y decidió intentar el atentado aprovechando la ocasión. Rodeado de unas impresionantes medidas de seguridad y haciendo alarde de su sangre fría, atravesó los diferentes controles y salió de la estación buscando la ayuda de otros camaradas que sabía que residían en la zona y que tenían escondidos explosivos. Con varias cargas preparadas volvió al punto de encuentro en donde había quedado con su compañero de viaje pero este no acudió a la cita. Sin perder más tiempo, decidió intentarlo sólo, pero el gran despliegue de seguridad en torno a los dos dictadores lo disuadió. Ibars, decepcionado por el fracaso de su intento, montó de nuevo en el tren y atravesó la frontera española.

Del 1 al 12 de mayo de 1945 se celebró en París el primer Congreso de federaciones locales de la CNT. Durante el mismo se nombró un Comité Nacional que aprobó un dictamen para realizar acciones violentas en territorio español y, en sesión restringida, consideró favorablemente la posibilidad de atentar contra Franco. De esta forma se hacía “oficial” el apoyo de la cúpula anarquista a estos intentos, aunque se acordó ocultar la decisión para evitar posibles reacciones de las autoridades francesas. Se daba así vía libre a todos aquellos militantes o grupos de la organización que pretendían cometer el atentado, pero sin ejercer un control directo sobre ellos, lo que provocó una descoordinación total entre los diferentes intentos que se planearon, malgastando esfuerzos y medios que usados de otra forma podían haber sido más efectivos.

El 17 de mayo de 1947 Franco visita Barcelona. La ciudad se encuentra tomada por fuerzas de seguridad que vigilan todos los itinerarios de la comitiva oficial. A pesar del riesgo evidente, Domingo Ibars, que ha vuelto a cruzar la frontera eludiendo los controles, está decidido a no fracasar esta vez. Contacta con un grupo de anarquistas disidentes autodenominado Los anónimos para que le ayuden a cometer el atentado.


La mañana del 17 de mayo se reunen en los alrededores del monumento a Colón. Van elegantemente vestidos y llevan identificaciones falsas de inspectores de policía que les permiten superar varios controles sin levantar sospechas. Ibars había preparado dos bombas escondidas cada una en una cartera de cuero con la intención de lanzarlas al paso del coche de Franco.

Dos de los anónimos se colocan en posición con las carteras preparadas. La espera se hace interminable y la tensión va en aumento. Cuando las autoridades se disponen a formar para recibir a Franco, un grupo de niños se sitúa entre ellos y los anarquistas, dentro del radio de acción de la onda expansiva de las bombas. Los que llevan las carteras miran a Ibars sin saber qué hacer, buscando en sus ojos una decisión. Minutos antes de la llegada de la comitiva oficial, abandonan sus posiciones sin activar los explosivos, confundiéndose entre la multitud.

Lo que no sabía Ibars y su grupo es que casi a esa misma hora Pedro Adrover Font, uno de los militante más activos del movimiento libertario, y que, detenido por la Gestapo alemana había sobrevivido al campo de concentración de Matthausen, merodeaba por los alrededores de la catedral con la intención de colocar una bomba que estallaría cuando Franco estuviese en su interior. Adrover, con los explosivos escondidos en una caja de zapatos, espera la ocasión para acceder al templo que se halla literalmente tomado por las fuerzas de seguridad, lo que le hace desistir en su intento, frustrándose el atentado. Esta acción individual es un claro ejemplo del grado de descoordinación que existía entre las diferentes intentonas anarquistas.


ATENTADO POR AIRE

De todos los intentos de magnicidio contra Franco, el plan ideado por Laureano Cerrada Santos, un relevante dirigente de la CNT en el exilio francés, es quizá el más espectacular. Sin el conocimiento del resto de la organización, el audaz activista se hacía propuesto cometer el atentado en San Sebastián, durante la celebración de las regatas de traineras que tendrían lugar a primero de septiembre de 1948 y a las que acudiría Franco, mediante un bombardeo efectuado por un avión cargado de bombas.

Cerrada mantiene el plan en absoluto secreto con la intención de evitar su posible desaprobación por otros dirigentes históricos y de paso, impedir posibles acusaciones de infiltrados que pongan en riesgo la operación.

Él mismo se encargó de la compra de un avión utilizando fondos que procedían, según sus propias palabras “…de trabajos efectuados durante la ocupación alemana”. Para hacerlo sin despertar sospechas, recurre a un viejo anarquista francés, Georges Fontenis, a cuyo nombre se firman todos los papeles. El aparato, un Norecrin con matrícula FBEQB, puede transportar una carga útil de doscientos kilos llevando cuatro pasajeros a bordo y con la suficiente autonomía de vuelo para cumplir con su misión de bombardeo.

Cerrada se rodea de un reducido grupo de colaboradores. Contacta primero con el piloto, Primitivo Gómez Pérez, un veterano piloto de caza republicano, y después con la que será su “tripulación”, Antonio Ortiz, antiguo comandante de una división de la CNT durante la Guerra Civil y otro anarquista, José P. Ibáñez “el Valencià”. Entre todos preparan el avión para el atentado. Perforan la parte inferior del fuselaje instalando una rampa que servirá para lanzar las bombas sobre su objetivo.

Una vez modificado, lo dejan aparcado en una pequeña y apartada pista, vigilado constantemente por los hombres de su grupo. Mientras tanto, desde Toulouse llega el material explosivo, veinticinco bombas rasantes alemanas de cinco kilos cada una y otros cincuenta kilos de bombas incendiarias.

El sábado, 11 de septiembre, el contacto en España del grupo, identificado sólo por las iniciales L.R. confirma que Franco presidirá las regatas. Cerrada decide entonces seguir adelante con el plan y ordena al avión que se traslade al pequeño aeródromo de Dax, donde lo cargan con las bombas. Desde esta población, San Sebastián sólo está a una hora de vuelo.

La mañana del domingo 12 de septiembre de 1948 luce un sol espléndido en la capital donostiarra. L.R., apostado en el monte Urgull, telefonea a Cerrada cuando desde su posición privilegiada observa que Franco embarca en una motora de la Comandancia de Marina para presidir la regata.

A las 13 horas el avión, cargado de bombas, sobrevuela la bahía de la Concha. De pronto varios cazas del Ejército del Aire aparecen de la nada como si los estuvieran esperando. Un hidroavión se pega a su cola escoltado por otros cuatro aparatos. Desconcertados, Gómez Pérez gana altura lanzándose después en picado con la intención de esquivarlos con esa maniobra. Sin embargo, tras varios intentos, los aviones militares les cierran el paso. Al mismo tiempo observan como las torretas de los cañones antiaéreos de los barcos de escolta que protegen la motora de Franco giran apuntando hacia ellos. Después de varias pasadas, algunas a muy poca distancia de la vertical sobre la que el general contempla la regata, Gómez Pérez desiste y vuelve a la base sin lanzar las bombas. El fracaso de la operación inquietó durante años a Cerrada que siempre sospechó de alguna infiltración entre su supuestamente fiel y escogido grupo de colaboradores que hizo que los aviones del Ejército del Aire los estuvieran esperando. Esta más que probable causa, unida a la indecisión de los ejecutores finales del bombardeo, que en ningún caso estaban dispuestos a convertirse en suicidas, provocó que el plan meticulosamente preparado se frustrase en el último momento.


BIBLIOGRAFÍA

- “Los atentados contra Franco” de Eliseo Bayo – Editorial Plaza & Janes

- Documental “Los que quisieron matar a Franco” emitido por las 2 y realizado con la colaboración de TVE, Televisió de Catalunya y el Ministerio de Cultura, dirigido por Pedro Costa y José Ramón Cruz

- “Historia de un atentado aéreo contra el general Franco” de Téllez Sóla

- “Objetivo: matar a Franco” o “La Falange contra el Caudillo” de Armando Romero

- http://www.forocastellano.org/

- http://www.historiasiglo20.org/

AUTOR:


Andrés Garrido Galeote
2º Bachillerato B

sábado, 26 de diciembre de 2009

SANZ BRIZ, EL "ÁNGEL DE BUDAPEST"

“Quien salva la vida de un hombre,
salva al mundo entero”
Talmud

Los héroes existen en todo tiempo y lugar, pero es en las guerras y donde se ensaña la injusticia donde demuestran su verdadera valía. A veces pasan desapercibidos y nadie sabe de sus gestas durante años.

Es de todos conocida la historia de Oskar Schindler, ese alemán que con su fábrica salvó a unos 1.200 judíos del conocido holocausto nazi debido a la excelente película de Spielberg “La lista de Schindler” que nos dio a conocer este hecho tan importante. Pero hubo más personas, muchas más personas, hoy todavía desconocidas, que arriesgaron sus vidas para ayudar a los más desfavorecidos en aquella época, cuando lo fácil hubiera sido abandonarlos a su suerte.

Multiplicó por cinco la lista de Schindler, pero en Hollywood nunca le harán una película, porque en Hollywood jamás se acuerdan de los que se llaman Sanz.



Hagámoslo nosotros. Se lo merece.



ÁNGEL SANZ BRIZ, un joven diplomático español destinado en la embajada de Budapest durante la Segunda Guerra Mundial, pertenece a esta este grupo de héroes anónimos, Su nombre es desconocido y sólo unos pocos se han preocupado de recordar lo que hizo. Salvó la vida de más de 5.000 judíos jugándose el puesto, la carrera y por descontado, su vida. Como diplomático de un país con buenas relaciones con la Alemania nazi pudo haber mirado a otro lado y vivir tranquilo.

Ángel Sanz Briz nació en Zaragoza el 28 de Septiembre de 1910. Procedente de una familia de comerciantes y militares, después de estudiar Derecho, ingresó en la Escuela Diplomática en 1943. Al comenzar la Guerra Civil española, se alistó voluntariamente en las filas de las tropas franquistas como conductor de camiones del Cuerpo del Ejército Marroquí y, una vez finalizada la contienda, obtuvo su primer destino diplomático como Encargado de Negocios en El Cairo (Egipto).

En 1942 abandona El Cairo y es destinado a la legación húngara, donde acudió recién casado con Adela Quijano. Pero por ese tiempo, a las puertas del país centroeuropeo se libraba la Segunda Guerra Mundial.

Poco duró la serenidad y la vida de Sanz Briz cambió completamente. Las barbaridades que estaban llevando a cabo los nazis contra la indefensa población judía impidieron que Sanz Briz pudiese ejercer su gestión de manera tranquila. El zaragozano no pudo mirar hacia otro lado y comportarse como un espectador indiferente ante aquel terrible espectáculo.

En marzo de 1944 la guerra estaba perdida para el Tercer Reich. Los rusos avanzaban decididos por el este y, al otro lado del canal de La Mancha, se ultimaban los preparativos del gran desembarco de Normandía. Ante tan sombrío panorama Hitler decidió invadir Hungría, hasta entonces aliada del Eje y el único país de Centroeuropa que se había librado de la zarpa nazi. Entró para saquear y dar buena cuenta de una próspera y centenaria comunidad judía que aun permanecía intacta. El propio Adolf Eichmann se traslada al país para supervisar los planes de exterminio de la comunidad judía. Las deportaciones dieron comienzo con el despuntar de la primavera. Todos los judíos húngaros fueron obligados a registrarse, a bordarse en la solapa la estrella de David y, casi de seguido, a embarcar en trenes de ganado que los llevarían hasta el sur de Polonia, hasta Auschwitz. En Hungría no hubo guetos. No fueron necesarios.


En junio de 1944, los ejércitos aliados inician sus bombardeos sobre la ciudad y las embajadas de los distintos países comenzaron a abandonar la capital del país. Sanz Briz no abandona su destino y permanece en Budapest, ya que España era un país neutral (pero afín a los alemanes) y había que defender los intereses de los ciudadanos españoles.

Sanz Briz fue testigo de cómo los judíos desaparecían o eran asesinados. Pero no se quedó impasible ante la crueldad de los nazis. El zaragozano puso en marcha su ingenio y temple diplomático para salvar a todos aquellos que pudiese.

Desde la legación española, Sanz Briz envía al Gobierno de Madrid la petición de ayuda para frenar las crueldades nazis. No se recibió respuesta, aunque en la capital española se sabían de antemano las intenciones de Hitler en Hungría. Miguel Ángel de Muguiro, encargado de Negocios en la legación española de Budapest, escribe a Madrid escandalizado por los registros, las palizas y otras especialidades de la casa que los miembros de las SS practicaban con deleite.

En Madrid conocían a la perfección lo que tramaba el "amigo alemán" en Hungría. Un año antes, Federico Oliván, secretario del embajador español en Berlín, había escrito al ministerio de Exteriores pidiendo permiso para ayudar a los pocos judíos que iban quedando con vida en el Gran Reich: "Si España se niega a recibir a esta parte de su colonia en el extranjero, la condena automáticamente a muerte, pues esta es la triste realidad". La colonia a la que se refería eran los judíos sefarditas, herederos lejanos de aquellos que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492.

Tanto Oliván como Muguiro rescataron un viejo decreto promulgado por Primo de Rivera en 1924, en virtud del cual todos los que demostrasen pertenecer a aquella Sefarad errante, obtendrían de inmediato la nacionalidad española.

Ocultaban que el efecto del decreto había expirado en 1931, pero en Madrid no se acordaban y los nazis, naturalmente, no lo sabían. Muguiro se agarró a él para solicitar a las autoridades húngaras la protección de los sefarditas. El problema es que en Hungría, sefarditas, lo que se dice sefarditas, había muy pocos. No daban ni para llenar un tren.

De esta manera, en un primer arrojo de gallardía, consiguen visados españoles y culminó su obra apropiándose de un cargamento de niños, 500 exactamente, cuyo destino era una cámara de gas en Polonia. Consiguió visado para todos y los despachó a Tánger, que por entonces era algo parecido a una colonia española.

Esta y otras bravatas le granjearon muy mala fama entre húngaros y alemanes, que presentaron una queja ante su superior a fin de que cese en su puesto en la Embajada. Madrid no tiene más remedio que deponer a Muguiro y deja la titularidad de la legación en manos de su secretario, Ángel Sanz Briz, que tenía 32 años, una bella esposa y una niña recién nacida. Se convierte así en el responsable principal de la embajada española en Budapest. No sabían húngaros y alemanes que el nuevo embajador estaba metido en el ajo del salvamento de judíos.
Junto a Giorgio Perlasca, un italiano que había luchado en la Guerra Civil, perfecciona la idea de Muguiro. Había que hacer lo mismo, pero sin levantar sospechas, lo cual exigía una nueva y mejor planificación. Puestos de acuerdo, entran en escena. Perlasca simula su nacionalización española, a cuyo efecto cambia su nombre por el de Jorge para hacerlo todo más creíble, y es contratado en la Embajada para evitar habladurías.


Mientras están preparando su estrategia liberadora, Sanz Briz colabora, entre otros, con el embajador sueco Raoul Wallenberg. Este diplomático sueco había logrado convencer al Ministerio de Asuntos Exteriores de su país para que lo enviasen a Budapest con una misión clara: salvar judíos. A Wallenberg se le atribuye la vida de unos 40.000 judíos húngaros.

Sanz Briz cooperó también con el Nuncio Apostólico Angelo Rota, el cónsul suizo Carl Lutz y muchos otros diplomáticos que atendían una red clandestina de salvamento.

Lutz había creado unos salvoconductos llamados “schutzbriefe”, una suerte de visados de protección que, entre los judíos, tomó el nombre de “certificados de vida”. Éste fue el modelo que inspiró al zaragozano.
No podía informar al ministro de sus intenciones porque le hubiera supuesto el cese, pero si hacerle partícipe de las "monstruosas crueldades que nazis y cruzflechados están perpetrando en Hungría contra individuos de raza judía". Madrid respondía con el silencio. Ni sí ni no. Algo así como "haga usted lo que crea conveniente pero no enrede más de la cuenta y nos complique".

Lo que no parecía del todo mal en Madrid es que los sefarditas regresasen a su patria, aquella que, injustamente expulsados, habían abandonado cinco siglos antes. Los nazis no terminaban de entender que la España de Franco, a la que habían auxiliado en su cruzada, se preocupase de unos judíos desterrados tanto tiempo atrás. No lo entendían pero tragaban.

Sanz Briz dio un nuevo paso y envía al gobernador nazi Adolf Eichmann una carta rindiéndole cortesías, a la que adjuntaba una sustanciosa donación económica para garantizar el respeto a los españoles por parte de las SS. Los nazis desconocían el número exacto de sefardíes; no obstante, tras previo pago y suponiendo que se trataba de pocos, estarían dispuestos a ceder. Como resultas de una astuta y bien urdida gestión negociadora, la Embajada española obtiene de las autoridades, debidamente reblandecidas con dinero y cortesías, 200 salvoconductos sólo para sefardíes.

Ahí llegó la picaresca española. ¿Cómo con 200 salvoconductos, cada uno de ellos válido para un solo titular, se pueden salvar a más de 5.000 personas? El propio Sanz Briz explicó años más tarde que los 200 documentos que le habían sido concedidos los convirtió en una suerte de visados familiares; por tanto, válidos para 200 familias. Además, la numeración de los documentos cedidos por los nazis se descompuso en muchísimas series, cada una diferenciada con las letras del alfabeto; es decir, además de que cada documento era para 4 ó 5 personas, cada número estaba compuesto de series: 134-A, 134-B, 134-C, 134-D... De esta manera, las 200 familias se multiplicaron indefinidamente. Sólo había que tener suma precaución en no expedir un documento que llevase el número superior al 200.


Copias de salvoconductos expedidos por el diplomático español.
El de arriba para una familia de dos personas y el de abajo, para una de tres.

Un ejemplo de salvoconducto es el siguiente:

“Certifico que Mor Mannheim, nacido en 1907, residente en Budapest, calle de Katona Jozsef, 41, ha solicitado, a través de sus parientes en España, la adquisición de la nacionalidad española. La legación de España ha sido autorizada a extenderle un visado de entrada en España antes de que se concluyan los trámites que dicha solicitud debe seguir.”

El engaño era perfecto pero podía irse al traste si un agente de la SS paraba por la calle, en el mismo día, a dos portadores del mismo número pero de diferente serie. Había otro problema, el de la cantidad. Los nazis se escamarían si veían demasiados judíos “españoles” por la calle.

Dada la situación de persecución generalizada que reinaba en el país, sólo faltaba resguardarlos de las garras de las SS. Mientras las autoridades húngaras tramitaban los salvoconductos, Sanz Briz, con su propio dinero, alquiló inmuebles para cobijar a “sus españoles”, alimentarlos y proporcionales atención médica. Los refugiados sólo podían salir a la calle un rato por la mañana. Por seguridad, hizo poner en las puertas y fachas de estos edificios un cartel: “Anejo a la Legación de España. Edificio extraterritorial”, por tanto, territorio extranjero. Y funcionó de maravilla. Allí, permanecerían hasta que Sanz Briz consiguiera un medio de transporte hacia Suiza, España o cualquier otro país donde estuvieran a salvo.

Es curioso que, en un tiempo en que España padecía los peores años de la dictadura, un puñado de casas españolas en la lejana Budapest fuese el templo de la libertad, un refugio de vida
A finales de 1944, la caída de Budapest en manos del Ejército Rojo parece inminente. Como la España franquista no mantenía relaciones diplomáticas con la URSS, Sanz Briz recibe la orden de abandonar la capital y trasladarse a Suiza.
Pero si él se iba, ¿quién se encargaría de sus judíos? Perlasca se ofreció voluntario, a fin de cuentas era también italiano, y para entonces Italia amigaba con los aliados. Como Perlasca carecía de título se lo inventó. Conchabado con Sanz Briz falsificó el nombramiento de embajador de España en Hungría y se presentó ante el Gobierno húngaro como el nuevo hombre de Franco en Budapest. Era todo mentira, pero a esas alturas carecía de importancia. Los judíos de Sanz Briz quedaron bajo su tutela hasta que el 16 de enero de 1945 los rusos irrumpieron en la capital poniendo fin al dominio nazi. Entonces Perlasca desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra. Misión cumplida.

De regreso a España, el aragonés no recibió ninguna felicitación ni censura por su labor, aunque como buen cristiano, no esperaba nada a cambio: lo importante era salvar vidas y eso lo había logrado: “…lo que tuve el privilegio de hacer en Budapest es lo más importante que he hecho en mi vida…”. Cumplió con su deber cristiano y prosiguió con su carrera diplomática.

Entre 1946 y 1960 estuvo al frente de varias embajadas, legaciones y consulados, entre ellas, la de Lima, Berna, Vaticano y Bayona. En 1960, fue nombrado embajador en Guatemala, donde recibió la Gran Cruz de la Orden del Quetzal. En 1962, fue destinado a Estados Unidos, donde continuó su carrera diplomática en San Francisco y Washington y desempeñó el cargo de cónsul general en Nueva York. En 1964, fue embajador en Perú, país que le otorgó la Gran Cruz de la Orden del Sol. Años más tarde, en la Embajada de Holanda, le concedieron la Gran Cruz de la Orden de Orange-Nassau. A continuación, pasó unos años en Bélgica, y en 1973 se estableció en China, siendo el primer embajador español en Pekín, ante el régimen de Mao Tse-Thung.

Su último destino fue el Vaticano, en 1976, como embajador de España ante la Santa Sede, donde le concedieron la Gran Cruz de la Orden de San Gregorio Magno.

Durante su estancia en Roma, Ángel Sanz Briz fallece el 11 de junio de 1980. No era muy mayor. Le faltaban unos meses para cumplir sus 70 años. Con su muerte desaparecía un buen hombre, pero su huella por el mundo permanecería para siempre en la Historia de la Humanidad.

En las casas de Sanz Briz escaparon de la muerte unas 5.200 personas. Hombres, mujeres y niños que no dudaron en bautizarle, jugando con su nombre de pila, como “Ángel de Budapest”. A muchos de ellos los sacó de los trenes de deportación, a otros de las comisarías en noches en las que salía de casa cargado de pasaportes falsos, siempre del 1 al 200 y con la coartada aprendida de la memoria. Para los nazis eran apestosos sefarditas, para Sanz Briz, simples seres humanos cuyo derecho a la vida era sagrado.

“Él se llamaba Ángel y vivió como un ángel ¡Qué alma más bendita!”


Ha pasado a la historia como el Schindler español, aunque en justicia, a Oskar Schindler deberían llamarle el Sanz Briz alemán.
En 1991 el Gobierno de Israel reconoció su labor otorgándole la dignidad de “Justo entre las naciones” e inscribiendo su nombre en el muro del Jardín de los Justos de Jerusalén. Años después el Gobierno húngaro honró su memoria descubriendo una placa frente al parque de San Esteban, en Budapest, en la fachada de una de las casas que alquiló como cobijo para sus judíos.


En España, Ángel Sanz Briz fue el primer diplomático español que apareció en un sello de correos y el Ayuntamiento de Madrid colocó una placa en su memoria en el portal de su casa de la calle Velázquez.
No fue el único, justo es decirlo. Hubo más diplomáticos españoles que se la jugaron por una causa tan justa en aquellos tiempos de barbarie.

En Berlín, en la misma boca del lobo, José Ruiz Santaella arriesgó su vida para ayudar a los judíos perseguidos. En Sofía, Juan Palencia desafió a los nazis y salvó a 600 judíos búlgaros hasta que fue expulsado del país como persona non grata. En París, Bernardo Rolland de Miota consiguió salvar 2.000 judíos de las garras del Gobierno de Vichy que fueron trasladados al Marruecos español. En Atenas, Sebastián Romero Radigales sacó 500 judíos del país enfrentándose con el embajador alemán. En Bucarest, José de Rojas se tomó tan en serio la protección de los sefardíes que mandó poner en las puertas de sus casas un cartel con una leyenda que no dejaba lugar a equívocos: “Aquí vive un español”.

Se cuentan por miles los judíos que salvaron unos pocos diplomáticos españoles. Hombres de una pieza, héroes anónimos, cuya determinación y perseverancia marcó la línea entre la vida y la muerte de tantos inocentes.

Quizás parezcan pocos frente al exterminio de seis millones de personas, pero cada vida cuenta.
Va por ellos.
Os dejo un enlace para que podais ver un corto reportaje del "ángel de budapest" emitido en telecinco.

martes, 17 de noviembre de 2009

La Censura

LA CENSURA EN EL FRANQUISMO
  1. FRANQUISMO

  2. CONCEPTO DE CENSURA

    1. CENSURA EN EL CINE EN TIEMPOS DE FRANCO

    2. CENSURA HOY EN DÍA


  1. Las principales características del régimen franquista fueron, una dictadura militar, aliado a los sectores más conservadores tanto de la gran burguesía como de la iglesia. Profunda represión a los perdedores de la guerra civil española. La política económica de mercado establecida en este período es autárquica y se basa en la intervención directa del Estado en asuntos económicos y en la autosuficiencia económica que limitaba el comercio con el resto del mundo. Ideológicamente las bases del mismo régimen estaban bajo la doctrina del nacionalcatolicismo, la unidad nacional española, y el anticomunismo.


    El Franquismo es un sistema totalitario al igual que el Nazismo y el Fascismo, pero podemos ver claramente que no fue del todo extremo y eso se representa en que no participo activamente de la segunda guerra mundial debido a los problemas económicos y sociales que existían en España, problemas que no se manifestaban tan duramente en Italia o Alemania. Es por esto que el franquismo no es uno de los sistemas totalitarios o represivos más importante, a pesar del mucho tiempo que duro este y demostrando el gran poderío que tenía en España.

  1. La censura según el DRAE es, entre otras acepciones, el examen y aprobación que anticipadamente hace el censor gubernativo de ciertos escritos antes de darse a la imprenta. En un sentido amplio se considera como el ejercicio, por parte directa del Estado o por delegación en alguna asociación o grupo ya sea de tipo religioso, político o militar, para controlar la libertad de expresión. Finalmente, hay quienes consideran censura o censura previa a cualquier tipo de prohibición o clasificación de material escrito, cinematográfico o de otro tipo y que impide o dificulta el acceso a la información.

2.1 Francisco Franco controlaba todos los medios, su política no se basaba precisamente en la libertad de expresión. Ni los propios cineastas tenían el derecho a escribir guiones que se salieran fuera de los límites impuestos por el dictador. En 10 meses de 1971. Se prohibieron 106 películas extranjeras y se autorizaron 267, de las cuales 130 llegaron a los cines con cambios y sugerencias. De los 131 guiones españoles presentados, fueron prohibidos 32; y el resto se llevó 600 advertencias o adaptaciones. Y de las 70 películas españolas presentadas al comité, 42 tuvieron que suprimir algunas escenas o diálogos. Este comité estaba formado desde amas de casa hasta militares, pasando por críticos de cine e incluso eclesiásticos. Este comité tenía el poder de suprimir imágenes, modificar los guiones y hasta de cambiar de nombre a los propios protagonistas. En Doce del patíbulo un militar italiano condenado a muerte llamado Víctor Franco fue rebautizado con el nombre de Víctor Frankie. También se podían cambiar el lugar en el que sucedían los hechos. Un ejemplo es en la película Antes de la revolución en la que en los subtítulos en lugar de aparecer el nombre de Angola aparecía Argelia para no acabar con la amistad del pueblo.

Se cuidaba hasta el último detalle cualquier elemento que pusiera en duda la visión tradicional de la familia. No se podía utilizar términos como la infidelidad, el adulterio o la promiscuidad. Una mujer que era promiscua pasaba directamente a estar trastornada. Cuando se permitían temas más "polémicos", como un adulterio en Desde la terraza, justificaban una infidelidad volviendo malvado al personaje de la esposa. Otras veces el comité acaba estropeando aun mas lo que pretendía arreglar como sucede en la película Mogambo en la que convirtieron a Grace Kelly y a su marido en hermanos para tapar así un adulterio, de forma que en la película aparecía algo mucho más perturbador, un incesto.

Por supuesto en una película estrenada en España no se podían ver suicidios, ni hablar sobre métodos anticonceptivos como la píldora. Tampoco se permitía que el criminal acabara la película sin castigo y el estamento militar era intocable.

Durante toda esa época franquista no se permitió ver en las pantallas escenas subiditas de tono, ni tampoco zonas del cuerpo humano consideradas pecaminosas. Poco a poco se fue introduciendo en España películas donde se mostraba más carne, pero eso sí, siempre en una versión más recatada que las películas destinadas a otros países. Un ejemplo claro lo podemos observar en Este perro mundo donde los censores racistas cortaron todos los planos donde aparecían senos de mujeres blancas, pero si permitieron los de las mujeres negras.

    En el rodaje de Doctor Zhivago, que tuvo lugar en el barrio de Canillas de Madrid se grabó una manifestación con 2.000 extras, cuando estos empezaron a cantar La Internacional con todavía más entusiasmo que el que exigía el guión, y espontáneamente, A las barricadas, de forma que llegaron a despertar a los vecinos de Canillas que creyeron que se organizaba una revuelta; las autoridades que vigilaban el rodaje respondieron fichando a todos los extras que se sabían la letra de memoria.

En resumen, la imaginación de estos artistas del cine se veía limitada. Su libertad de expresión y de creación era prácticamente nula, siempre tenían que ajustarse a las reglas impuestas. Un ejemplo es la película Encadenados, dirigida por Hitchcock en 1946. Se las ingenió para poner en pantalla un beso mucho más sensual que lo que las normas de la época permitía ya que los besos de más de cinco segundos estaban totalmente prohibidos. Hitchcock pegó mucho los rostros de los actores, y la cámara a ellos, mientras éstos se daban besos de no más de tres o cuatro segundos.


2.2 Dejando a un lado la censura franquista, hoy en día los cineastas tienen que ingeniárselas para escapar de la censura, existente aún, y en numerosas ocasiones algunas películas son censuradas en los tiempos que corren.

El caso más mencionado en estos últimos días es la prohibición de la película Saw VI, una de las más esperadas por los fans de esta saga. La Comisión Clasificatoria del Ministerio de Cultura le otorgó la calificación X, que reciben, según la Ley, "las películas de carácter pornográfico o que realicen apología de la violencia". Es la primera vez en España que esa X recae en una película por el apartado "violencia". Y eso significa que sólo se puede estrenar en cines X, en España solo hay ocho.


En nuestra opinión esta película como tantas otras debe estar al alcance de todas las personas, ya que somos libres y podemos elegir lo que nos apetece ver en un cine, leer, escuchar, podemos elegir el medio de comunicación que este más acorde a nuestra manera de pensar, a nuestros ideales políticos y esto nunca debería ser motivo de censura.



BIBLIOGRAFÍA

www.elmundo.es

www.historiasiglo20.org

www.cinematical.com


Trabajo realizado por Claudia Bienvenido y Ana Alvarado.