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domingo, 9 de mayo de 2010

OBJETIVO: FRANCO - TERCERA PARTE

UN MILITAR ENTRE ANARQUISTAS

El capitán de intendencia José Pardo de Andrade y Fariña estaba destinado en Madrid al inicio de la Guerra Civil. En un principio, conocida su ideología conservadora, fue detenido por milicianos de la CNT anarquista bajo la acusación de apoyo a la sublevación.

Sin embargo, de forma sorprendente, Pardo de Andrade fue absuelto y puesto en libertad. El militar consiguió entonces salir de Madrid y tras cruzar las líneas, llegó a la zona nacional para unirse al ejército de Franco. Durante la guerra ocupó varios cargos y fue ascendido a coronel. Sin embargo, por aplicación de la Ley de 1 de marzo de 1940, que ordenaba la depuración de los masones, Pardo de Andrade fue apartado del Ejército. Poco tiempo después el coronel, monárquico, liberal y partidario de don Juan de Borbón, entró en contacto con militantes de la CNT.

A pesar de los lógicos recelos que se presencia provocaba en los círculos anarquistas, estos fueron pronto superados por la valiosa colaboración que el militar prestó a la organización, poniendo en contacto a los conspiradores que planeaban atentar contra Franco con personas muy cercanas al régimen. En este sentido, en el libro de Eliseo Bayo “Los atentados contra Franco” se llega a afirmar que dos generales, de los que no da nombres, acudían a reuniones clandestinas en la Casa de Campo de Madrid, apoyando secretamente las acciones que pudieran emprenderse contra el régimen, aunque nunca fueran informados de las pretensiones de atentar contra Franco.

El coronel Pardo de Andrade consiguió mantener oculta durante años su actividad conspiradora. Sin embargo, en 1954 es detenido y procesado en la causa 2751 junto a varios destacados cenetistas. Fue condenado a cinco años de prisión.

INTERVENCIÓN DE ETA

En 1961 se había producido una explosión que había destrozado la línea férrea de San Sebastián a Bilbao. Con ella se pretendió volar un tren cargado de falangistas que acudían a una concentración. Este espectacular atentado fue la carta de presentación de ETA como una nueva organización radical y nacionalista que pretendía conseguir unos fines políticos mediante la lucha armada. Los explosivos empleados para llevar a cabo la acción fueron suministrados por elementos libertarios que más tarde serían miembros del denominado Submarino, nombre con el que también se conocía Defensa Interior (D.I.), un órgano secreto creado en el congreso de la CNT celebrado del 26 de agosto al 3 de septiembre de 1961 en la ciudad francesa de Limoges, para relanzar la lucha armada contra el régimen. Uno de los objetivos prioritarios del Submarino era asesinar a Franco.

Después del atentado se celebró en Bayona una reunión entre dirigentes de ETA y miembros de Defensa Interior. Estos últimos, impresionados aún por la audacia de su primera operación, ofrecen a ETA su colaboración para continuar la lucha armada suministrándoles armas cortas y explosivos. En esa misma cita también les proponen trabajar juntos para realizar una acción de gran envergadura, atentar contra Franco.

El plan aceptado en esa reunión consistía en minar la carretera que conduce hasta la residencia de Ayate que el dictador ocupaba durante sus vacaciones veraniegas en San Sebastián. ETA se encargaría de transportar el material explosivo por mar desde Bayona, ayudaría al comando de D.I. a moverse por el País Vasco y les ayudaría a escapar una vez cometido el atentado. Todos los preparativos se iniciaron al menos un mes y medio antes de la fecha en que se preveía su llegada a Ayate que solía ser a mediados de agosto.

El problema principal era conocer con exactitud el día y la hora de la llegada de la comitiva oficial. Las medidas de seguridad en torno a Franco incluían no comunicar nunca con antelación sus desplazamientos, por lo que nadie podía saber con certeza cuales iban a ser sus movimientos. Para contrarrestar esa falta de información, un enlace desde Madrid sigue los pasos de Franco y los comunica mediante mensajes de radio cifrados a los planificadores de la operación. Se inicia entonces la cuenta atrás.

ETA entrega los explosivos en San Sebastián al comando de D.I. que cometerá el atentado. Debían actuar con rapidez antes de que se estableciera un cordón de seguridad alrededor de Ayete. Eligen el lugar donde harán estallar la bomba y excavan un pequeño túnel desde la cuneta en el que colocan 25 kilos de explosivo plástico. Un problema añadido eran las pilas necesarias para activar el artefacto que no podían estar más de siete días enterradas, lo que obligaba a colocarlas no más de una semana antes de la llegada de Franco. Debido a esa circunstancia, todo el peso de la operación recayó entonces en la información facilitada por el enlace, que se vio obligado a seguir al general en todos sus desplazamientos por el norte de España para informar con precisión de sus movimientos.

El 7 de agosto Franco preside un Consejo de Ministros en La Coruña. El día 10 se reúne de nuevo con su gabinete en el Pazo de Meirás. Mientras tanto, los miembros del comando, que esperan escondidos en un camping de San Sebastián, empiezan a impacientarse. El 11 de agosto el enlace transmite que el alcalde de La Coruña ofrece un homenaje a Franco, acto que enmarca la despedida oficial que la ciudad da al Caudillo.

Sin embargo, al día siguiente se pierde su pista. El enlace valora la información de la que dispone y toma una decisión. Cree que Franco ha emprendido viaje por carretera hacia San Sebastián y así lo transmite. El comando recibe la noticia y sin esperar confirmación prepara la bomba conectando las pilas. Después se esconden en los alrededores, controlando los movimientos de la guardia y la presumible llegada de la comitiva.

Tras una larga y tensa espera de varios días, el 17 de agosto aparece una hilera de coches oficiales dirigiéndose hacia Ayate. Cuando el comando está a punto de hacer estallar la bomba, descubren que en la comitiva tan sólo viaja la esposa de Franco, Carmen Polo, y en el último momento deciden no detonarla. Por fin, el día 20, el general llega a San Sebastián a bordo del yate Azor y después de una recepción oficial, la caravana se dirige a Ayate a donde llega sin que se produzca ningún contratiempo.



El atentado se frustró a última hora por varios motivos. Las medidas de seguridad en torno a la residencia se habían intensificado y el comando temió ser descubierto por la patrulla de vigilancia que día y noche recorrían el perímetro. Por si fuera poco, habían perdido todo contacto con la dirección del Submarino y el enlace que seguía los movimientos de Franco no les facilitaba ninguna información.

La madrugada del 19 de agosto se desata una discusión entre los miembros del comando. Aunque todo hacía pensar en la llegada inminente del general, la tensión creada por la incertidumbre provoca una división en el grupo. Mientras unos prefieren dejar la bomba preparada a la espera de una mejor ocasión, otros piensan que hay que deshacerse de ella. Al final se impone la segunda opinión y el 21 la hacen estallar en un descampado cerca de la carretera que un San Sebastián con Hernani. La noticia apenas fue recogida por los medios de comunicación españoles, pero la prensa francesa habló de un “fallido atentado contra el jefe del estado español”.

FRACASO DEFINITIVO

El atentado fallido de Ayate fue quizá el último intento serio y bien organizado de magnicidio contra Franco. Planes posteriores, como el de excavar una mina bajo la carretera de La Coruña a la salida de Madrid y volar el coche del Caudillo cuando emprendiese sus vacaciones, o el de hacer estallar una bomba durante la celebración de la final de la entonces llamada Copa del Generalísimo en el palco del Estadio Santiago Bernabéu, no pasaron de tentativas apenas esbozadas tras ser detenidos y desmantelados los grupos que los iban a llevar a cabo.

Eliseo Bayo, en su libro “Los atentados contra Franco” afirma que se produjeron no menos de cuarenta atentados contra el dictador, contando sólo los que se intentaron desde las filas anarquistas. La cifra quizás sea algo exagerada, ya que realmente no llegó a culminarse ninguno de ellos, y sería mejor hablar de intentos fracasados.

La posibilidad de que se produjera un atentado contra Franco era una amenaza real que preocupó seriamente a los servicios de inteligencia del régimen, que dedicaron gran parte de sus esfuerzos a evitarlos. Asimismo, las excepcionales medidas de seguridad en torno a su persona confirman que existía ese terror. Tal vez por eso, Franco siempre mantenía las distancias en los actos públicos a los que acudía y en las concentraciones multitudinarias los congregados sólo podían verlo de lejos, pretendiendo de esa forma poner las cosas más difíciles a todos aquellos dispuestos a cometer el magnicidio.


Como en todas las dictaduras, los rumores sobre posibles enfermedades o la comisión de atentados contra el Caudillo se repetían cíclicamente, lo que demuestra que, a pesar del férreo control que se ejercía sobre los medios de comunicación, existía cierto conocimiento popular. Así, cuando se hizo pública la noticia de que en la Nochebuena de 1961 Franco había sufrido un accidente al reventarle el cañón de su escopeta de caza, hiriéndole gravemente en la mano izquierda, rápidamente se extendió el rumor, comentado siempre en voz baja y a escondidas, que hablaba de la posibilidad de un atentado cometido por personas que tenían acceso al recinto del Pardo. Casi todos los que participaron de alguna forma en los diferentes planes que tenían como objetivo matar a Franco pagaron con sus vidas, o en el mejor de los casos, con largas condenas de prisión, sus pretensiones de cambiar la Historia de España, devolviendo la libertad perdida.

Los que sobrevivieron contemplaron la larga agonía del dictador que terminó muriendo en la cama.

BIBLIOGRAFÍA

- “Los atentados contra Franco” de Eliseo Bayo – Editorial Plaza & Janes

- Documental “Los que quisieron matar a Franco” emitido por las 2 y realizado con la colaboración de TVE, Televisió de Catalunya y el Ministerio de Cultura, dirigido por Pedro Costa y José Ramón Cruz

- “Historia de un atentado aéreo contra el general Franco” de Téllez Sóla

- “Objetivo: matar a Franco” o “La Falange contra el Caudillo” de Armando Romero

- www.forocastellano.org

- www.historiasiglo20.org
AUTOR

Andrés Garrido Galeote

2º. Bachillerato B

OBJETIVO: FRANCO - SEGUNDA PARTE

“A veces los pueblos simulan dormir, pero es el sueño que precede al ataque”


EL DESCONTENTO DE FALANGE

El 19 de abril de 1937 se publica el Decreto de Unificación de fuerzas políticas que supone la integración de las diferentes ideologías y facciones que apoyan la sublevación en un sistema de partido único. En 1939, una vez finalizada la Guerra Civil, el nuevo régimen que nace de ella no convence a un núcleo duro dentro de Falange, el partido fundado por José Antonio Primo de Rivera, que siente traicionados sus ideales nacionalsindicalistas. Un grupo de falangistas descontentos tratan de formar una Falange fuera del partido único y que supondría su entrada en la clandestinidad. Usando el domicilio del coronel Rodríguez Tarduchy como lugar de reunión, se decide constituir una Junta Política que coordinase la actuación de todos los elementos disidentes. Entre los planes de actuación propuestos destaca el asesinato de Serrano Súñer, impulsor del Decreto de Unificación desde su puesto de ministro de Gobernación, y el magnicidio de Franco.

Para matar al jefe del estado se escogió la fecha del 1 de abril de 1941, durante la celebración del Desfile de la Victoria. El plan inicial consistía en hacer estallar una bomba en la tribuna presidida por Franco. Sin embargo, pronto se desestimó porque algunos de los miembros de la Junta lo consideraban un método indiscriminado más propio de anarquistas. Se optó por la posibilidad de disparar directamente contra él. Se mantuvo la fecha del primero de abril, pero se cambió el lugar donde se cometería el atentado, eligiendo el escenario del Teatro Español de Madrid adonde Franco acudiría esa noche a ver un espectáculo. La Junta se reunió una semana antes para pulir los detalles de la operación y votar sobre la conveniencia de realizar el atentado. Durante la misma remanifestaron las serias dudas que albergaban sus miembros para llevar a cabo el plan. Entendieron que los asesinatos de Franco y Serrano Súñer (en la foto de izquierda a derecha: Serrano Súñer, Franco y Mussolini) causarían un efecto contrario al que pretendían, desatando una dura represión dirigida contra ellos. Con cuatro votos negativos y una abstención, el resultado de la votación fue concluyente. Ni uno sólo de los miembros de la Junta estaba a favor de los atentados.

Los que acudían a estas reuniones clandestinas corrían graves riesgos y cualquier soplo podía poner sus vidas en peligro.

Debido a su carácter secreto, nunca había constancia escrita de los que acudían a ellas y de lo que hablaban, por lo que no existen pruebas materiales sobre lo que realmente se trató en esas citas, tan sólo el testimonio oral, más o menos distorsionado, de los que acudieron a ellas.

Más adelante, al principio de la década de los sesenta, Narciso Perales, otro histórico miembro de la Falange y uno de sus disidentes más activos contra el Decreto de Unificación, entró en contacto con relevantes figuras anarquistas buscando puntos de aproximación. Estas relaciones no llegaron a nada positivo pero hubo algunos sectores de Falange que vieron en ellas un intento de conspiración contra la figura de Franco, levantando una serie de rumores infundados que lo único que consiguieron fue poner en alerta a los servicios de seguridad que protegían al Jefe del Estado.

STUART CHRISTIE, EL IDEALISTA ESCOCÉS


El joven escocés Stuart Christie había oído desde niño las historias que contaban parientes y amigos de la familia sobre su participación en la Guerra Civil en el bando republicano, alistados en las filas de las Brigadas Internacionales. Impresionado por el espíritu idealista de aquella época, Christie decide hacerse anarquista siendo apenas un adolescente. Con tan sólo 18 años, impulsado por su ánimo combativo, se ofrece voluntario para una acción antifranquista. En agosto de 1964, recibe instrucciones para cumplir una misión en España. Consistía en entrar en nuestro país desde Francia portando un cinturón cargado de explosivos que llevaría hasta Madrid. Cuando llegase a la capital debía entregárselos a otro contacto de la red junto con una carta que Christie previamente había recogido personalmente en las oficinas de American Express. La operación, organizada por Defensa Interior, tenía como objetivo atentar contra Franco.



Sin embargo, el papel ejercido por el escocés se limitaba al de ser un simple enlace, sin conocer realmente las intenciones del plan.

Después de recoger los explosivos en París, el joven viaja hasta Toulouse y de allí a Perpiñán, desde donde debía intentar cruzar la frontera usando sus propios medios. Christie llega a España haciendo autostop y logra hacerlo sin levantar sospechas, a pesar de que en pleno mes de agosto llevaba puesta una gruesa chaqueta en la que escondía los explosivos. Sin embargo, a las pocas horas de su llegada a Madrid, es detenido por agentes de la tristemente conocida Brigada Político Social mientras se comía un bocadillo en un bar de la Puerta del Sol madrileña, a escasos metros de la entonces Dirección General de Seguridad.

Juzgado y encarcelado, Christie fue condenado a veinte años de prisión, aunque un indulto personal de Franco lo dejó en libertad a mediado de agosto de 1967.

TENTATIVAS ANARQUISTAS

De todas las organizaciones antifranquistas que se propusieron atentar contra el dictador, quizá fueron los anarquistas los más activos y los que lo intentaron más veces. Aunque su nivel organizativo era superior, en la mayoría de los casos la planificación de los mismos tampoco llegó a superar la fase inicial de preparación, convirtiéndose en tentativas producto de iniciativas individuales inspiradas muchas veces por motivos personales. De lo que no cabe duda es de la firme determinación de todos aquellos que lo intentaron.

De esta forma, y según un testimonio recogido en el libro “Los atentados contra Franco”, a los pocos meses de terminada la Guerra Civil, un grupo de anarquistas fuertemente armadas atacaron la comitiva oficial en la que viajaba Franco, disparando contra el coche que creían que ocupaba. Sin embargo, el general viajaba en otro vehículo y durante el tiroteo murió el jefe de la escolta y todos los atacantes.


La figura legendaria del anarquista Domingo Ibars Juanías es el protagonista de uno de los más sorprendentes intentos. Según su propio relato, estuvo a punto de atentar con Franco y Hitler durante la famosa entrevista celebrada entre los dos dictadores en Hendaya. La ocasión se presentó de forma casual. Ibars viajaba en tren junto a un compañero desde Francia para infiltrarse en España cuando el convoy se detuvo en la estación donde iba a tener lugar el encuentro. Ibars no se lo pensó dos veces y decidió intentar el atentado aprovechando la ocasión. Rodeado de unas impresionantes medidas de seguridad y haciendo alarde de su sangre fría, atravesó los diferentes controles y salió de la estación buscando la ayuda de otros camaradas que sabía que residían en la zona y que tenían escondidos explosivos. Con varias cargas preparadas volvió al punto de encuentro en donde había quedado con su compañero de viaje pero este no acudió a la cita. Sin perder más tiempo, decidió intentarlo sólo, pero el gran despliegue de seguridad en torno a los dos dictadores lo disuadió. Ibars, decepcionado por el fracaso de su intento, montó de nuevo en el tren y atravesó la frontera española.

Del 1 al 12 de mayo de 1945 se celebró en París el primer Congreso de federaciones locales de la CNT. Durante el mismo se nombró un Comité Nacional que aprobó un dictamen para realizar acciones violentas en territorio español y, en sesión restringida, consideró favorablemente la posibilidad de atentar contra Franco. De esta forma se hacía “oficial” el apoyo de la cúpula anarquista a estos intentos, aunque se acordó ocultar la decisión para evitar posibles reacciones de las autoridades francesas. Se daba así vía libre a todos aquellos militantes o grupos de la organización que pretendían cometer el atentado, pero sin ejercer un control directo sobre ellos, lo que provocó una descoordinación total entre los diferentes intentos que se planearon, malgastando esfuerzos y medios que usados de otra forma podían haber sido más efectivos.

El 17 de mayo de 1947 Franco visita Barcelona. La ciudad se encuentra tomada por fuerzas de seguridad que vigilan todos los itinerarios de la comitiva oficial. A pesar del riesgo evidente, Domingo Ibars, que ha vuelto a cruzar la frontera eludiendo los controles, está decidido a no fracasar esta vez. Contacta con un grupo de anarquistas disidentes autodenominado Los anónimos para que le ayuden a cometer el atentado.


La mañana del 17 de mayo se reunen en los alrededores del monumento a Colón. Van elegantemente vestidos y llevan identificaciones falsas de inspectores de policía que les permiten superar varios controles sin levantar sospechas. Ibars había preparado dos bombas escondidas cada una en una cartera de cuero con la intención de lanzarlas al paso del coche de Franco.

Dos de los anónimos se colocan en posición con las carteras preparadas. La espera se hace interminable y la tensión va en aumento. Cuando las autoridades se disponen a formar para recibir a Franco, un grupo de niños se sitúa entre ellos y los anarquistas, dentro del radio de acción de la onda expansiva de las bombas. Los que llevan las carteras miran a Ibars sin saber qué hacer, buscando en sus ojos una decisión. Minutos antes de la llegada de la comitiva oficial, abandonan sus posiciones sin activar los explosivos, confundiéndose entre la multitud.

Lo que no sabía Ibars y su grupo es que casi a esa misma hora Pedro Adrover Font, uno de los militante más activos del movimiento libertario, y que, detenido por la Gestapo alemana había sobrevivido al campo de concentración de Matthausen, merodeaba por los alrededores de la catedral con la intención de colocar una bomba que estallaría cuando Franco estuviese en su interior. Adrover, con los explosivos escondidos en una caja de zapatos, espera la ocasión para acceder al templo que se halla literalmente tomado por las fuerzas de seguridad, lo que le hace desistir en su intento, frustrándose el atentado. Esta acción individual es un claro ejemplo del grado de descoordinación que existía entre las diferentes intentonas anarquistas.


ATENTADO POR AIRE

De todos los intentos de magnicidio contra Franco, el plan ideado por Laureano Cerrada Santos, un relevante dirigente de la CNT en el exilio francés, es quizá el más espectacular. Sin el conocimiento del resto de la organización, el audaz activista se hacía propuesto cometer el atentado en San Sebastián, durante la celebración de las regatas de traineras que tendrían lugar a primero de septiembre de 1948 y a las que acudiría Franco, mediante un bombardeo efectuado por un avión cargado de bombas.

Cerrada mantiene el plan en absoluto secreto con la intención de evitar su posible desaprobación por otros dirigentes históricos y de paso, impedir posibles acusaciones de infiltrados que pongan en riesgo la operación.

Él mismo se encargó de la compra de un avión utilizando fondos que procedían, según sus propias palabras “…de trabajos efectuados durante la ocupación alemana”. Para hacerlo sin despertar sospechas, recurre a un viejo anarquista francés, Georges Fontenis, a cuyo nombre se firman todos los papeles. El aparato, un Norecrin con matrícula FBEQB, puede transportar una carga útil de doscientos kilos llevando cuatro pasajeros a bordo y con la suficiente autonomía de vuelo para cumplir con su misión de bombardeo.

Cerrada se rodea de un reducido grupo de colaboradores. Contacta primero con el piloto, Primitivo Gómez Pérez, un veterano piloto de caza republicano, y después con la que será su “tripulación”, Antonio Ortiz, antiguo comandante de una división de la CNT durante la Guerra Civil y otro anarquista, José P. Ibáñez “el Valencià”. Entre todos preparan el avión para el atentado. Perforan la parte inferior del fuselaje instalando una rampa que servirá para lanzar las bombas sobre su objetivo.

Una vez modificado, lo dejan aparcado en una pequeña y apartada pista, vigilado constantemente por los hombres de su grupo. Mientras tanto, desde Toulouse llega el material explosivo, veinticinco bombas rasantes alemanas de cinco kilos cada una y otros cincuenta kilos de bombas incendiarias.

El sábado, 11 de septiembre, el contacto en España del grupo, identificado sólo por las iniciales L.R. confirma que Franco presidirá las regatas. Cerrada decide entonces seguir adelante con el plan y ordena al avión que se traslade al pequeño aeródromo de Dax, donde lo cargan con las bombas. Desde esta población, San Sebastián sólo está a una hora de vuelo.

La mañana del domingo 12 de septiembre de 1948 luce un sol espléndido en la capital donostiarra. L.R., apostado en el monte Urgull, telefonea a Cerrada cuando desde su posición privilegiada observa que Franco embarca en una motora de la Comandancia de Marina para presidir la regata.

A las 13 horas el avión, cargado de bombas, sobrevuela la bahía de la Concha. De pronto varios cazas del Ejército del Aire aparecen de la nada como si los estuvieran esperando. Un hidroavión se pega a su cola escoltado por otros cuatro aparatos. Desconcertados, Gómez Pérez gana altura lanzándose después en picado con la intención de esquivarlos con esa maniobra. Sin embargo, tras varios intentos, los aviones militares les cierran el paso. Al mismo tiempo observan como las torretas de los cañones antiaéreos de los barcos de escolta que protegen la motora de Franco giran apuntando hacia ellos. Después de varias pasadas, algunas a muy poca distancia de la vertical sobre la que el general contempla la regata, Gómez Pérez desiste y vuelve a la base sin lanzar las bombas. El fracaso de la operación inquietó durante años a Cerrada que siempre sospechó de alguna infiltración entre su supuestamente fiel y escogido grupo de colaboradores que hizo que los aviones del Ejército del Aire los estuvieran esperando. Esta más que probable causa, unida a la indecisión de los ejecutores finales del bombardeo, que en ningún caso estaban dispuestos a convertirse en suicidas, provocó que el plan meticulosamente preparado se frustrase en el último momento.


BIBLIOGRAFÍA

- “Los atentados contra Franco” de Eliseo Bayo – Editorial Plaza & Janes

- Documental “Los que quisieron matar a Franco” emitido por las 2 y realizado con la colaboración de TVE, Televisió de Catalunya y el Ministerio de Cultura, dirigido por Pedro Costa y José Ramón Cruz

- “Historia de un atentado aéreo contra el general Franco” de Téllez Sóla

- “Objetivo: matar a Franco” o “La Falange contra el Caudillo” de Armando Romero

- http://www.forocastellano.org/

- http://www.historiasiglo20.org/

AUTOR:


Andrés Garrido Galeote
2º Bachillerato B

domingo, 11 de abril de 2010

OBJETIVO: FRANCO - (PRIMERA PARTE)


Después de ver en clase de Historia un documental sobre Franco, me ha interesado investigar sobre el dictador y rebuscando encontré un artículo en el que se hablaba sobre un intento de atentado contra él. Era el “Complot de los cabos”. Esto me animó a buscar más intentos de asesinar al general Franco, que pudieron evitar la dictadura y cambiar decisivamente el curso de la Historia de España.

Y este es el resultado. Al ser bastante la información encontrada, he decidido dividir el trabajo en varias partes. Espero que sea de vuestro interés.

Los atentados contra el dictador

Tras la Guerra Civil diferentes organizaciones antifranquistas se plantearon la posibilidad de asesinar al general como solución para poner fin a la dictadura. A partir de entonces, y sin ninguna conexión entre ellas, se elaboraron una serie de planes para atentar contra él. La inmensa mayoría no pasaron de ser una idea descabellada, pero alguno estuvo muy cerca de conseguir su objetivo.

En contra de lo que se pueda pensar, los primeros intentos de asesinar a Franco se remontan a los momentos iniciales de la Guerra Civil, incluso antes. El 14 de julio de 1936, tan sólo cuatro días antes del estallido de la contienda, Antonio Vidal, un destacado anarquista afincado en Tenerife, estuvo involucrado en un intento frustrado contra el general, por entonces comandante militar de Canarias, en la sede de la Comandancia de la capital tinerfeña, que fracasó en el último momento por la traición de otro anarquista. Antonio Vidal evitó que lo detuvieran ocultándose bajo una lápida del cementerio de San Rafael y San Roque y después consiguió escapar, iniciando a partir de entonces una brillante carrera como espía al servicio de la República.


El complot de los cabos

De mayor transcendencia es el intento conocido como el complot de los cabos. Todo comenzó al filo de la medianoche del 17 de julio de 1936, momento en que empezaron a darse los primeros pasos para llevar a cabo la sublevación. En la ciudad de Ceuta, al Regimiento de Infantería del Batallón del Serrallo número 8 se le ordenó participar en la toma del control de la ciudad norteafricana. A él pertenecían los cabos veteranos José Rico Martín y Pedro Veintemillas, soldados profesionales pero de profundas convicciones republicanas. Los dos suboficiales patrullaban por las calles de la ciudad en cumplimiento de las instrucciones recibidas cuando observaron como grupos de falangistas detenían a civiles y asaltaban sedes de partidos políticos, mientras pegaban pasquines en las paredes con el bando firmado por Franco que establecía el estado de guerra, la disolución de los partidos y la prohibición del derecho de reunión.

Cuando en las primeras horas del 18 de julio, Rico y Veintemillas regresaron al cuartel, se reunieron con los también cabos Anselmo Carrasco y Pablo Frutos. Entre los cuatros estuvieron discutiendo acaloradamente cómo podían frustrar la sublevación contra la República. En ese mismo día, durante una segunda reunión, José Rico presentó un plan para matar a Franco que él mismo lideraría. Cuando el general entrase en el patio central de la comandancia para pasar revista a las tropas, él le dispararía a bocajarro. En ese momento, los demás implicados reducirían al resto de las tropas apuntándolas desde las ventanas del primer pido del acuartelamiento, impidiendo así cualquier intento de resistencia. Una vez conseguido su objetivo, un segundo grupo iría a la ciudad para informar del atentado y conseguir el apoyo de la población.

La tarde del 18 de julio, Rico pidió estar de guardia en la entrada principal del cuartel con la intención de ser el primero en enterarse de la llegada de Franco. Durante la guardia compartió vigilancia con el cabo Rodríguez. Durante sus declaraciones ante el consejo de guerra que siguió al atentado frustrado, éste último declaró:

“…José Rico me preguntó qué me parecía el Movimiento. Le contesté que llevaba dos días de servicio y que no me había informado, y él respondió que éste Movimiento iba contra el Gobierno, y que si nosotros fuéramos hombres deberíamos ponernos a favor de ellos e ir contra nuestros oficiales y jefes. Añadió que ya había implicado a los seis centinelas de la guardia. Y en el momento en que empezaran los disparos me tenía que poner a las órdenes de Anselmo Carrasco y Pedro Veintemillas”.

Los cabos y soldados implicados lo habían planeado todo con detalle. Sabían que Franco aterrizaría en Tetuán a bordo del famoso avión Dragón Rapide (a la izqda. el avión y Franco a su llegada al aeropuerto de Tetuán) y que en pocas horas se presentarían en la comandancia de Ceuta. Sin embargo, la tensión que atenazaba a los jóvenes soldados de reemplazo ante la trascendencia del intentado provocó que uno de ellos fuese a ver al coronel al mando del cuartel para contarle los planes del complot que se estaba organizando.
Alarmado por la información, el coronel detuvo a todos los implicados antes de que Franco llegase.

El 20 de julio los detenidos fueron trasladados a la prisión militar del Monte Hacho en Ceuta. El día 26 se dio inicio al procedimiento para someterlos a un consejo de guerra. En la madrugada del 21 de enero de 1937, cuando aún no se había celebrado éste, un grupo de falangistas entró en la prisión y con total impunidad sacó de sus celdas a los cabos Veintemillas y Marcos. Horas después sus cuerpos aparecieron con un tiro en la cabeza, abandonados en el depósito de cadáveres del cementerio, donde fueron enterrados en una fosa común.

Dos meses más tarde tuvo lugar el consejo de guerra. El juez de la causa, el teniente coronel Buesa, dictaminó el veredicto de culpabilidad acusándoles de traidores a la patria. En la madrugada del 17 de abril de 1937 fueron fusilados el sargento Garea, los cabos Rico, Carrasco y Lombau y el soldado Navas en el exterior de la prisión de Monte Hacho por un pelotón de regulares de Ceuta.

Kim Philby, as de espías

Una vez iniciada la contienda, muerto el general Sanjurjo en un accidente de aviación (debido al peso que llevaba en su maleta) y con Franco elevado a la categoría de líder indiscutible del alzamiento, aparece la arrolladora figura del famoso agente doble inglés de la Guerra Fría, Kim Philby, protagonista principal de un intento de atentado contra el general digno de una novela de suspense. Harold Adrián Russell Philby empezó a ser conocido con el apodo de Kim en el prestigioso Trinity College de Cambridge donde estudió. Como él afirma en sus memorias, fue reclutado como espía por los soviéticos durante su estancia en Viena, adonde viajó en 1934 tras terminar sus estudios de Historia. En ese mismo año regresó a Gran Bretaña donde construyó una falsa personalidad ultraconservadora que le permitió acceder a ambientes germanófilos dentro de la aristocrática sociedad londinense de la época, reuniendo valiosa información que se encargaba de transmitir a sus enlaces en Moscú.

En 1937, en plena Guerra Civil, Philby viaja a España como corresponsal de la agencia London General Press para cubrir informativamente el conflicto. Durante su estancia en nuestro país los servicios de espionaje soviéticos le encomendaron dos misiones. La primera y más evidente era mantenerles informados sobre los planes y movimientos del ejército franquista. La segunda, mucho más sorprendente y que ha sido confirmada hace pocos años por unos documentos desclasificados de la inteligencia británica, era la de atentar contra Franco.


La orden fue dada por el propio Stalin en persona. El cerebro del plan para llevarla a cabo era Nikolai Yezhov (en la foto de la izquierda), en aquel entonces comisario del NKVD, acrónimo en ruso del Comisariado de Asuntos Internos del Pueblo, organización precursora del KGB. Yezhov, conocido como El enano y El Renco (medía 1’51 y era cojo) era un siniestro y sanguinario personaje que se había encargado de organizar la Gran Purga ordenada por Stalin y que disfrutaba torturando personalmente a los opositores al régimen. Yezhov dio instrucciones a otro agente doble británico, Paul Hardt, para que encontrase a la persona adecuada para cumplir la misión. Hardt consideró a Philby el hombre idóneo que estaba buscando.


Establecido en Burgos y alojado en el Hotel Condestable, su hábilmente labrada reputación como periodista germanófilo, sus crónicas claramente favorables al bando de los sublevados y, por supuesto, su encanto personal, pronto le granjearon las simpatías de los mandos militares más cercanos a Franco con los que hablaba habitualmente y que, engañados, le brindaron la valiosa información que Philby utilizaba para escribir sus artículos o remitir directamente a Moscú. Su reputación como periodista brillante con buenos contactos llegó a Londres y el prestigioso periódico The Times se hizo con sus servicios. Philby había llegado donde quería y disponía de la tapadera perfecta para ocultar su verdadera identidad.

Aunque en una entrevista Philby se jactó de haber estado cinco veces ante Franco, el espía realmente sólo dispuso de dos ocasiones para intentar el atentado.

La primera y la que estuvo más cerca de cumplir su objetivo, fue cuando el general le concedió una entrevista en exclusiva para The Times. Era la oportunidad perfecta que habían estado esperando. Los superiores de Philby le consideraban un magnífico espía pero no un hombre de acción. Para cometer el atentado utilizarían a un anarquista llamado Justo Bueno que, infiltrado como fotógrafo en la entrevista y con una pistola oculta en su cámara, sería el que al final realizaría los disparos. Sin embargo, Franco suspendió el encuentro en el último momento y el atentado se frustró.

La segunda oportunidad se presentó de forma casual. El 31 de diciembre de 1937, en el pueblo de Cauda situado a muy pocos kilómetros de Teruel, el vehículo en el que viajaba Philby junto con otros tres periodistas americanos resultó alcanzado por un proyectil de artillería. Sus tres compañeros murieron y Philby resultó gravemente herido en la cabeza. Pocos días después del incidente y mientras aún estaba convaleciente, se le comunicó que sería condecorado personalmente por Franco en audiencia privada con la Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar.

Sin embargo, según se recoge en los documentos desclasificados de los Archivos Nacionales Británicos, Philby recibió la orden de abortar el plan del atentado sin explicar cuál fue la razón que provocó el cambio de planes. Paul Hardt, su contacto, fue llamado a Moscú y desapareció para siempre, y Yezhov, el cerebro del complot, murió asesinado víctima de una de las purgas estalinistas con las que tanto parecía disfrutar. Philby recibió la condecoración en un acto impersonal y frío en el que Franco apenas le prestó atención, y continuó con su trabajo de periodista hasta que terminó la contienda.

Bibliografía:

“Los atentados contra Franco” de Eliseo Bayo – Editorial Plaza & Janes.

“Historia de Ceuta y Norte de África: Atentado a Franco en Ceuta” de Francisco Sánchez Montoya.

Documental "Los que quisieron matar a Franco" emitido en la 2 y realizado con la colaboración de TVE, Televisió de Catalunya y el Ministerio de Cultura.
AUTOR:
Andrés Garrido Galeote
2º. Bachillerato B